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El arte en el mundo del vino: cuando la etiqueta también cuenta una historia

El vino es, en sí mismo, arte líquido. Pero antes de que llegue al paladar, hay un detalle que a menudo pasa desapercibido y que, sin embargo, abre la primera puerta a la experiencia: la etiqueta. En apenas unos centímetros cuadrados puede contenerse una historia, un paisaje, una emoción.

En las últimas décadas, el mundo del vino y el del arte han tejido un diálogo fecundo. Lo que empezó como una iniciativa puntual en algunas bodegas hoy se ha convertido en una práctica extendida: integrar el arte en la identidad visual del vino, ya sea mediante etiquetas pintadas por artistas, colecciones museísticas o colaboraciones creativas.

Quiero detenerme en este tema porque lo vivo muy de cerca. Dos de mis vinos —Graciano y El Minutero— llevan etiquetas que son obras del pintor riojano José Uriszar. Y al observar esa unión entre pintura y vino, no puedo evitar mirar también a la historia de otras bodegas que han hecho del arte parte de su ADN, desde Burdeos hasta mi propia tierra riojana.

Vino y arte: un matrimonio inevitable

El vino y el arte comparten un mismo fin: despertar emociones. Una pintura busca conmover, un vino bien hecho también. Ambos son lenguajes que, desde la sensibilidad, nos permiten conectar con lo humano.

No sorprende que el vino aparezca en mosaicos romanos, en frescos medievales o en bodegones barrocos: fue musa antes de ser producto. Lo novedoso del siglo XX es que el arte dejó de representar al vino para convertirse en su envoltorio. La etiqueta, más allá de la función informativa, se transformó en un soporte cultural.

Los pioneros: del Barón Rothschild a las bodegas contemporáneas

El ejemplo más célebre es el de Château Mouton Rothschild en Burdeos. En 1924, el barón Philippe de Rothschild encargó al artista Jean Carlu una etiqueta modernista que rompía con todos los códigos. La idea se retomó en 1945 con la célebre etiqueta de la Victoria, y desde entonces cada añada cuenta con la firma de un artista de renombre: Dalí, Miró, Picasso, Francis Bacon, Warhol, Haring… La serie completa es hoy un museo embotellado, tan codiciado por coleccionistas como por amantes del vino.

En España, proyectos como Enate (Somontano) han convertido esta unión en seña de identidad. Cada vino de la bodega luce en su etiqueta una obra original encargada a artistas contemporáneos, y la bodega misma funciona como galería. Allí el arte no acompaña: forma parte del proyecto en pie de igualdad.

En Italia, Tenuta dell’Ornellaia ha desarrollado su “Vendemmia d’Artista”, invitando cada año a un creador a reinterpretar la personalidad de la cosecha. Una forma de entender que el vino no es solo bebida, sino relato.

Rioja también habla en arte: el ejemplo Vivanco

Y si miramos a nuestra tierra, La Rioja, encontramos uno de los ejemplos más contundentes en el caso de Bodegas Vivanco. Su Museo Vivanco de la Cultura del Vino es considerado uno de los más completos del mundo: alberga más de 20.000 piezas, desde mosaicos romanos hasta obras de Picasso, Sorolla o Miró que representan la viña y el vino.

Vivanco no solo produce vino: ha hecho del arte y la cultura vitivinícola un eje central de su identidad. Allí el visitante puede recorrer siglos de historia, contemplar esculturas, grabados y pinturas donde la vid es protagonista. Es, de algún modo, la máxima expresión de lo que significa considerar el vino como arte total: el que se bebe, el que se pinta, el que se narra.

Mencionar Vivanco en este contexto es recordar que en Rioja el vínculo entre arte y vino no es accesorio, sino estructural. Y que quienes trabajamos en la viña no solo elaboramos botellas: aportamos al tejido cultural de nuestra tierra.

La etiqueta como narradora

Una etiqueta puede parecer algo pequeño, pero es un espacio cargado de poder narrativo. En ella se condensan identidad y emoción.

Puede contar el lugar: evocar la tierra, el terroir, el pueblo que lo vio nacer.

Puede sugerir emociones: a través del color, la forma, el trazo.

Puede convertirse en símbolo: algunas etiquetas se recuerdan incluso más que el vino que contenían.

Como resume un blog especializado: “El arte asalta la botella y convierte la etiqueta en obra.” Y, de hecho, muchas veces es la etiqueta la que invita a descorchar la botella por primera vez.

Mi experiencia con José Uriszar

26/3/22 Jose Uriszar pintando paredes de Elena Corzana, Navarrete (La Rioja), Spain. Photo by James Sturcke | sturcke.org

Cuando decidí dar forma a mis vinos de autor, sabía que la etiqueta debía ir más allá del diseño. Tenía que ser una extensión del vino mismo. Y encontré en José Uriszar, artista riojano, al cómplice perfecto.

Graciano: intenso, vibrante, floral y especiado. La obra que lo viste refleja esa misma energía contenida, ese equilibrio entre fuerza y delicadeza.

El Minutero: aquí la pintura de Uriszar evoca el tiempo. El tiempo de la viña, de la espera paciente, del instante en que todo se decide. El minutero es símbolo de la precisión que exige el vino, de la conciencia de cada segundo que cuenta en el campo y en la bodega.

Estas etiquetas no son ornamento. Son testimonio visual de lo que el vino quiere contar. Me gusta pensar que quienes las miran encuentran un eco de lo que luego sentirán en la copa.

El valor añadido: emoción y coleccionismo

Un vino con etiqueta artística tiene un valor doble: el de su contenido y el de su continente. Muchas botellas se guardan vacías, se enmarcan o se coleccionan. Algunas series, como la de Mouton Rothschild, alcanzan precios extraordinarios en subastas.

Pero más allá de lo económico, lo que me interesa es la emoción. Una etiqueta con arte nos predispone: abre la imaginación, prepara el terreno para la experiencia sensorial. Y, cuando lo pienso, es lógico: el vino es un arte efímero —se bebe, se consume, se transforma en recuerdo—, mientras que la pintura permanece. Juntas, etiqueta y vino crean una experiencia completa.

No es moda, es cultura

Algunos podrían verlo como una moda, una estrategia de marketing. Pero para mí, y para muchos viticultores que lo vivimos de dentro, es mucho más. Es una manera de reconocer que el vino forma parte de la cultura, al mismo nivel que la pintura, la música o la poesía.

Además, es un modo de apoyar a artistas, de crear diálogo entre disciplinas, de generar comunidad. En mi caso, trabajar con Uriszar ha sido también tender puentes entre generaciones y sensibilidades riojanas.

Mirando hacia el futuro

Quizás dentro de unas décadas, alguien descorche una botella de Graciano o de El Minutero y recuerde no solo el vino, sino también la pintura que lo acompañaba. Quizás nuestras etiquetas formen parte de colecciones privadas, igual que hoy lo hacen las de Rothschild.

Lo que sé con certeza es que, cuando arte y vino se encuentran, ambos se enriquecen. El vino gana memoria, y el arte encuentra un soporte inesperado: la botella.

Conclusión: el vino como obra total

El caso de Valdeorras nos recordó hace poco que el viñedo puede incluso salvar pueblos del fuego. El ejemplo de Vivanco nos muestra que el vino puede ser también museo y patrimonio. Mi colaboración con José Uriszar confirma que la etiqueta puede ser cuadro y relato.

Todo ello apunta en la misma dirección: el vino es más que bebida. Es cultura.

Cuando descorchamos una botella, abrimos también una historia que se cuenta en aromas, en sabores y, a veces, en imágenes. Y esa unión de disciplinas nos recuerda que el vino, como el arte, existe para tocarnos por dentro.

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