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Lo que nos ha enseñado esta añada: balance del año en la bodega

Cuando termina el año y miro las botellas que están a punto de salir —o las que ya están listas— siempre tengo la misma sensación: ningún vino es solo vino. Cada uno es la suma de un año entero de decisiones, dudas, aciertos, errores y muchas horas de trabajo que no se ven.

Por eso me gusta parar un momento y hacer balance. No desde los números ni desde el lenguaje técnico, sino desde dentro, desde lo vivido. Porque cada añada enseña algo, aunque no siempre sea lo que esperabas aprender.

Un año contado en estaciones

Invierno: el silencio y las decisiones largas

El año empezó, como siempre, en silencio. El invierno en la viña es un tiempo desnudo, sin distracciones. Poda, observación, planificación. Decisiones que no tienen aplauso inmediato, pero que marcan todo lo que vendrá después.

Fue un invierno de pensar mucho. De revisar cómo habían respondido las viñas el año anterior, de ajustar, de no repetir por inercia. En viticultura, copiar recetas es la manera más rápida de equivocarse.

Aquí se decide mucho más de lo que parece: cómo equilibrar la cepa, cómo cuidar el suelo, cómo preparar el terreno para un año que todavía no existe.

Primavera: brotes, esperanza… y vigilancia

La primavera siempre llega con ilusión. Ver brotar la viña es una pequeña alegría anual que nunca se gasta. Pero también es una época de mucha atención.

Las lluvias, las temperaturas, los ritmos irregulares… todo se observa con lupa. No desde el miedo, sino desde la responsabilidad. Cada año es distinto, y este no fue una excepción.

Viniendo de un invierno de lluvias, teníamos buenas condiciones para poder llegar a vendimias con buena reserva hídrica. Pero también condiciones para el desarrollo de enfermedades. 

Y aparecieron los hongos. Y con la lluvia y las temperaturas suaves, el mildiu llegó y atacó a las hojas, y atacó a los racimos, y se perdieron muchos kilos de futuras uvas. Fue el ataque más fuerte que se recuerda en este siglo XXI. Y ante estas condiciones, no hay ningún tratamiento fitosanitario, ni ecológico ni convencional, que pare al mildiu.

Solo la misma naturaleza lo hizo. 

El mildiu solo paró con dìas de sol, calor y viento. Pero para entonces, en Rioja, en Ribera, en Jerez, ya se había llevado millones de kilos de uvas por delante, secando racimos que nunca llegarían a fructificar. 

Verano: calor, tensión, todo menos vacaciones

El verano fue intenso. Lluvia, tormentas, granizo, olas de calor, estrés hídrico en algunos momentos, días de preocupación real. No es fácil ver sufrir a la viña y decidir hasta dónde intervenir y hasta dónde dejar que se adapte.

El verano enseña humildad. Te recuerda que la naturaleza manda, pero que tu responsabilidad es acompañar con cabeza y con respeto.

Vendimia: alivio, alegría y concentración absoluta

La vendimia es una mezcla de emociones difíciles de explicar. Hay cansancio acumulado, hay nervios, hay una alegría contenida cuando la uva entra sana, equilibrada, con sentido.

Este año 2025  la vendimia fue más tranquila que la añada anterior. Después de meses difíciles en primavera y verano, la lluvia nos dio una tregua. Y que no llueva en septiembre significa que las uvas van madurando progresivamente. Significa que se puede planificar el día de vendimia según los controles de maduración y no tener prisa por amenaza de lluvia.

Septiembre 2025 fue seco y con noches frías, dos condiciones necesarias para tener una cosecha de calidad excepcional.

Por eso hay muchas esperanzas en esta cosecha, que será seguramente excelente.

Momentos clave del año (y cómo decidimos actuar)

No hay añada sin momentos de duda. Este año no fue distinto.

Hubo episodios de calor que obligaron a repensar tiempos. Hubo incertidumbre climática. Hubo días de preguntarse si adelantarse o esperar. Y eso no se decide sola ni desde la comodidad.

Las decisiones se toman con el cuerpo, con la experiencia y con una pregunta constante:
¿qué es lo mejor para este viñedo, no para mi tranquilidad?

A veces actuar es intervenir. Otras, saber no hacerlo. Y esa línea no siempre es evidente.

Qué vinos nacen de esta añada

Los vinos que nacen de esta añada tienen algo que para mí es muy valioso: sinceridad.

No buscan ser espectaculares desde el ruido, sino desde el equilibrio. Hay frescura, hay tensión bien integrada, hay expresión del lugar. Son vinos que hablan más despacio, pero dicen cosas profundas.

Cada añada tiene su carácter. Esta habla de adaptación, de escucha y de respeto al ritmo natural. No de imponer una idea, sino de acompañar un proceso.

Menciones, hitos y pequeñas alegrías

Este año también trajo alegrías externas: menciones, palabras bonitas en prensa especializada, reconocimiento al trabajo hecho desde la viña y desde una manera muy personal de entender el vino.

Siempre digo que estas cosas se agradecen, pero no son el motor. El verdadero motor sigue siendo el viñedo. Pero cuando el reconocimiento llega, confirma que el camino tiene sentido.

No como meta, sino como señal.

El vino como resumen de un año entero

Cuando alguien descorche una de estas botellas, quizá no sabrá nada de este año. Ni del invierno frío, ni del verano duro, ni de las dudas. Y no pasa nada.

El vino no necesita explicarse para disfrutarse. Pero sí me gusta pensar que, de alguna manera, todo eso está dentro. En la textura, en el equilibrio, en la forma de estar en la copa.

Un vino es memoria líquida. Y esta añada guarda un año entero de vida.

Brindar sabiendo lo que hay detrás

Por eso, cuando llegue Nochevieja, me gusta imaginar a alguien brindando con uno de estos vinos. No como un gesto solemne, sino consciente.

Sabiendo que detrás hay estaciones, decisiones, errores y aprendizajes. Que detrás hay tiempo. Y cuidado.

Brindar así no es solo celebrar el final del año. Es reconocer todo lo que ha hecho posible llegar hasta aquí.

Y eso, para mí, es la mejor manera de cerrar una añada… y de empezar la siguiente.

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